ANTIVIRALES: PALABRAS SIN CUARENTENA. Por Juliana De Rose, Marco Muzzupappa y Julián Cavallaro.

 

La convocatoria “Antivirales: palabras sin cuarentena”, lanzada por la Secretaria de Cultura de la Universidad, fue el estímulo para que casi 90 escritores y escritoras se detuvieran a pensar y poner palabras (en las dos categorías de “Ensayos” y “Microrrelatos y microensayos”) a las vivencias de estos días y a las perspectivas hacia el futuro. En la anterior renovación de materiales de esta edición especial de Noticias UNGS dimos a conocer dos de los escritos seleccionados por el jurado del concurso, que estuvo integrado por Mónica Alabart, Natalia González, Juan Rearte, Laura Reboratti y Eduardo Rinesi. En esta nueva actualización de nuestra publicación presentamos a los lectores y las lectoras otros cuatro escritos. Los que aquí siguen son tres microrrelatos de Juliana De Rose, Marco Muzzupappa y Julián Cavallaro, estudiantes de la Universidad.

 

Los otros

Juliana De Rose

Son las ocho de la mañana. Suena la alarma. Voy al baño. Me lavo los dientes y la cara. Abro el placard. Me pongo lo de siempre. Camisa blanca, jean negro y zapatos. Bajo a la cocina. No hay nadie. Miro el reloj y me doy cuenta de que ya es tarde. Me voy a la oficina.

Vuelvo a casa después de cursar. Son las diez y media de la noche. Como sola. Me voy a dormir sabiendo que mañana no podré ir a trabajar.

Veinte de marzo. Me levanto. Voy al baño. Me lavo los dientes y la cara. Abro el placard. Me acuerdo de que no puedo salir de casa. Me dejo el pijama y bajo a la cocina. Pero algo me frena de repente. Escucho voces. Me decido a bajar igual. Despacio, un escalón a la vez. Cierro los ojos y respiro profundo. Los abro. Los vi. Bendita cuarentena. Los abrazo.

 

 

Mi libro amarillo

Marco Muzzupappa

Era una mañana de marzo, algo fría, estaba en la universidad a punto de dar un examen sobre una materia cuyos contenidos ya conocía.

Pensé que era una oportunidad para impresionar a una persona que me gustaba por mi saber.

Me senté ante la hoja y comencé a escribir velozmente cada respuesta, sin querer perder tiempo en revisar entregué…

Luego de un rato comenzaron a dar los resultados. Estaba confiado y ansioso por ver mi calificación. Pero cuando escuché mi apellido me encontré con un “desaprobado”. La persona a la que quería impresionar recogió su cabello dorado y me miro con cara de decepción.

Mi oportunidad se esfumó…

De repente desperté… Inquieto por la cuarentena, fui a mi biblioteca, tomé mi viejo libro amarillo de estudio y comencé a reflexionar sobre las preguntas que recordaba.

Y fue cuando supe el verdadero significado de su contenido…

“La paciencia es la mejor compañera de la sabiduría. Lo pequeño e invisible son valores muy valiosos, tanto como la compasión, el compartir y el ayudar. El egoísmo no lleva a nada bueno, solo la cooperación resuelve problemas.”

Y si bien no puedo volver atrás y cambiar el principio, puedo comenzar desde donde estoy y cambiar el próximo final…

Y ahora, si me disculpan, volveré a soñar para rendir mi recuperatorio y sorprender a una persona.

 

 

ATCHIS!

Julián Cavallaro

Hoy me pasó algo terrible. Me dieron ganas de estornudar. Hace un mes hubiera estornudado para que se escuchara a dos kilómetros a la redonda, pero ahora lo viví con terror. Estaba en la cola del mercadito, faltaban 5 personas para que me tocara mi turno de entrada. De repente un cosquilleo en la nariz, los ojos se me empezaron a llenar de lágrimas. Voy a estornudar, pensé. Ahí fue cuando me alarmé. Si estornudo me van a mirar raro, me dije. Ya me imaginaba todas las personas dándose vuelta con gesto reprobatoria debajo de los barbijos. Yo también tenía barbijo, podía usar el pliegue del codo y tratar de ser lo más silenciosa posible. Pero era una mañana muy callada. No mires el sol, no mires el sol. El de adelante estaba con la mirada fija en el celular. El de atrás zapateaba las baldosas con cara de impaciente. Yo lo único que quería era poder estornudar sin que me linchen. ¿Justo ahora me viene a pasar esto? Empecé a traspirar, miraba la hora, no me quería refregar la cara. Andate estornudo. Andate que no quiero ser un paria. Cuando parecía que lo tenía controlado un rayo de sol se coló por los anteojos. No lo pude evitar. Se me cerraron los ojos, se me infló el pecho y ¡ATCHIS!

Salí corriendo por la vereda sin mirar atrás. Creo que tengo un paquete de fideos medio empezado del otro día.