TEATRO.

Luego de tres años en escena, se realizó en junio la última función de Galileo Galilei, el mensaje de los astros, una producción del elenco de teatro de la Universidad. Noticias UNGS invitó al biólogo Fernando Momo, director del Museo Imaginario, a reflexionar acerca de esta pieza artística –pensada especialmente para estudiantes de escuela secundaria– y la socialización de la ciencia.

 

Hay muchas maneras de evaluar un éxito. Por ejemplo, si pensamos que una obra de teatro se representó más de sesenta veces a lo largo de tres años, que la vieron casi 12000 estudiantes, docentes y directivos de escuelas y tal vez unas 1200 personas más de público no estudiantil, seguramente pensaríamos “es un éxito”. Y tal vez no es eso lo que estemos buscando. Porque la obra no es cualquier obra; es una que nos pone frente a frente con el alma de un científico, que nos sumerge en su conflicto con los guardianes de la fe religiosa, que nos enfrenta con las maravillas que desafían nuestros prejuicios.
¿Enseña “ciencia” Galileo Galilei…?
Si algo caracteriza al teatro es que no se puede ser inmune a él. El teatro conmueve, y mueve. Nos mueve el piso, pone en movimiento la imaginación, mueve las emociones. ¿Hay acaso algo mejor que eso para hacernos apreciar lo que la ciencia tiene de aventura, de pasión, de asombro?
El problema de socializar la ciencia es motivo de muchos análisis y no poca polémica. Hasta los nombres que se dan a la tarea nos remiten a diferentes filosofías: vulgarización, divulgación, difusión, popularización, socialización. Términos que podrían designar las mismas actividades pero que claramente no dicen lo mismo. Así como el instrumento de Galileo podría ser solo un artefacto que agranda la imagen de lo pequeño o uno que acerca la imagen de lo lejano. Y la resolución del dilema no está en la ciencia, sino en la filosofía que el científico profesa. Pues sucede que acceder a la ciencia, aprehenderla como una manifestación más (y muy especial) de la cultura de un pueblo, no es sólo “entender” sus contenidos; es más bien acercarse a su proceso creativo, a su pasión, participar de la curiosidad de los que la toman como oficio (o arte) tal como el propio Galileo que, obligado a abjurar por la Inquisición, insiste en que el mundo se mueve. Porque Galileo es un científico, es decir, un ser humano que no sólo interroga a la naturaleza, la explora, se maravilla con ella, sino que tiene un compromiso con la verdad que se siente obligado a difundir “como un amante, como un borracho, como un traidor”.
La experiencia de compartir ese vértigo con pibes y pibas de las escuelas es sin duda un acontecimiento intenso de socialización de la ciencia. La ciencia en un contexto histórico, con errores también, de la mano de quienes la construyen y también de quienes no le creen. La ciencia en el idioma de los pasteleros y las lavanderas, pero también en el idioma de los libros y los eruditos; la ciencia chapaleando en el barro de las necesidades de los trabajadores más humildes y al mismo tiempo desentrañando la maquinaria del universo. La ciencia de un científico que no reniega de la fe, sino que la resignifica. La ciencia también como literatura y como arte.
Hay muchas razones que se esgrimen o proponen para defender la necesidad de compartir el conocimiento y el quehacer de las ciencias, desde la importancia de que la ciudadanía esté bien informada para tomar sus decisiones hasta el interés nacional en contar con un pueblo ilustrado y capaz de acompañar los saltos tecnológicos y productivos. Modestamente creo que la cuestión es que la ciencia, como el arte, es nuestra, es de todes. Y nos amplía el mundo, el placer de ver, hacer, entender. Y todo eso es nuestro derecho también porque “…las virtudes no tienen por qué estar unidas a la miseria, mi amigo”.

Fernando R. Momo