CULTURA.

Pocas palabras tan amplias y, por lo tanto, tan escurridizas como cultura. Tiene su sentido antropológico y su uso para afirmar la distinción. Remite al mundo de los símbolos y, a la vez, al de las creaciones que alegran nuestro ocio. Trama viva y lenguaje, efecto de la cooperación social y de las obras singulares. Cuando pensamos en políticas culturales, imaginamos intervenciones y estrategias para insistir, crear o vivificar, para hacer resonar lo que aparece apenas como eco o definir más ciertos contornos. Las políticas culturales se juegan en un terreno que nunca es liso, sino una textura rugosa, tramada. Son un modo de percibir el punto –como un cuenta hilos– para incidir en él.

Cuando pensamos la cultura pensamos en texturas: la historicidad en la que respiran o viven las instituciones y personas, el territorio en el que habitan o crecen. El tiempo como sedimentación y herencia, como continuidad y memoria; el espacio como inscripción de las diferencias, paisaje natural y social, controversias y lazos. Un lugar tiene siempre muchas capas: las que fundan los contemporáneos, las que se acumulan –a la vista o no visibles–, las de un futuro del cual por ahora sólo tenemos indicios. La cultura vista desde el mercado tiende a producir una lisa homogeneización y una pluralidad de lo mismo en distintos envases; las políticas culturales pensadas desde lo público deben hacer énfasis en la singularidad, en la historicidad y en la condición territorial de lo producido. Porque el ensueño de la lisura global es también el de la supresión de la historia o su conversión en mero decorado para su existencia de código de barras y estrategia de publicidad.

La Universidad, para pensar la cultura, puede hacer énfasis en la historicidad (que incluye no sólo una reflexión sobre el pasado sino también atención para descubrir lo nuevo) y en el territorio. Lo hace, porque cuando elige un músico o un artista, está eligiendo un modo de intervenir en esa historicidad, un modo de actualizar lo atesorado. Lo hace, porque para que una intervención o expresión cultural no sea banal debe construir sus lazos con el lugar, con lo abigarrado de los vínculos entre personas, grupos, economías, tráficos, símbolos, palabras. La relación con la naturaleza y con lo creado, con los barrios y sus tramas, con la zona y sus industrias, con las instituciones y sus normas.

Lo hace y, a la vez, es necesario dar un paso más en la reflexión de lo que hace, profundizar en sus propias condiciones, hacer públicos sus supuestos y las controversias o acuerdos que pueden acarrear. Porque toda intervención cultural es controversial, si no pensamos la cultura sólo como espectáculo, diversión o consumo. Si la pensamos como la superficie en la que se debaten modos de comprender la vida en común, los intercambios económicos y los proyectos políticos.

El área cultural de la UNGS tiene dos sedes, actualmente en dos partidos distintos de la provincia: en Malvinas Argentinas (dentro del campus) y en San Miguel (donde está el Centro cultural). El Centro de la calle Roca está enclavado en una zona de gran circulación. Es un edificio antiguo, de principios del siglo XX, que tuvo su momento conventual y alojó niños sin hogar. De aquella etapa queda una estatuilla de San José y un fresco en un aula que fue capilla. Fue una de las primeras sedes en las que funcionó la Universidad. Una vez que se construyeron los edificios del campus, se convirtió en Centro cultural y albergó al Museo interactivo Imaginario. El edificio tiene esas historias y no falta quien mencione sus fantasmas. La puesta en valor de su fachada y la construcción de una narración sobre su pasado es fundamental para pensar el carácter público, la renovación de los vínculos con el barrio, la apertura de su plaza hacia el vecindario. Que el edificio sea plaza y monumento a la vez, centro cultural y sitio museístico.

Nos interesa la historia, también en otro sentido: en cómo se inscribe en un territorio en el que la presencia de Campo de Mayo es ineludible. La UNGS tiene dos museos. Imaginario y el Museo de la lengua, dentro de la Biblioteca. Es necesario un pliegue más: construir un relato para los visitantes acerca del terrorismo de Estado. La Universidad investiga mucho sobre esta cuestión, procura archivos, alberga grupos militantes abocados a mantener activos los derechos de la memoria. Eso puede ser traducido en términos museográficos, en una reflexión sobre la historia reciente que sea clara y cuidadosa, capaz de producir la cita entre generaciones, la transmisión y la elaboración plural.

Las actividades culturales, de por sí, implican el encuentro en lugares en que se forjan vínculos sociales y pensamiento en común. Nuestra universidad tiene orquestas, coros, elencos de danza y teatro, formaciones estables. Grupos de personas –niños, jóvenes, adultos– que se reúnen periódicamente para crear y aprender juntos. Lo tiene a la vera de otros colectivos, los de estudiantes y profesores de sus carreras. No siempre se miran mutuamente. O se ven poco. Parte de nuestros desafíos es insistir en los cruces de veredas, los intercambios, las complicidades, la atención mutua. Que las políticas culturales sean parte del llamado de la Universidad hacia el territorio que habita pero también de la Universidad a sus propios integrantes. Que se vinculen con el saber producido por los investigadores, con las vocaciones de los profesores, con los entusiasmos y trayectorias de los estudiantes. Ya hay experiencias de esa índole, en la que parte de la programación cultural surge de los claustros universitarios.

Al mismo tiempo, la Universidad se inscribe en un mapa de organizaciones sociales y culturales de la zona, cuya vitalidad refuerza la nuestra. El vínculo se vuelve virtuoso cuando se realimenta, no cuando busca una falsa distinción. No se trata de que la intervención cultural remache sobre lo que ya existe, sino de que lo reconozca, acompañe y ponga en diálogo con aquello que es heterogéneo, que surge de otros lugares, que porta su singularidad o nos vincula con otros tiempos.

El contexto en el que estamos actuando es complejo y amenazante. Todas las instituciones universitarias resultarán afectadas, pero también los ámbitos más autónomos. Es en este contexto, en el que probablemente asistamos a situaciones de mayor empobrecimiento y crisis, que debemos fortalecer nuestra imaginación: la apuesta a lo colectivo, a la elaboración democrática de los problemas y a la responsabilidad con lo que hacemos. Cada intervención, actividad, programación, visita, exposición, debe tener ese saber responsable en su conciencia. Preguntarse por el sentido de lo que hacemos. Discutir el sentido, provocar su explicitación, narrar. En parte, se trata de preservar la densidad del lenguaje, su potencia de decir. Historia y territorio son inscripciones en la lengua, se materializan en el modo en que hablamos y pensamos. Y pueden ser escuchadas, vueltas públicas, como narración y discurso. Por eso, las políticas culturales de la universidad tienen que tener su modo de decir, sus palabras, su narrativa, su intervención sobre la lengua. No para decir y no hacer, sino para recordarnos que hacer y decir son pliegues de lo mismo, son anverso y reverso, y que es en las palabras, con ellas y no sin ellas, en las que conjugamos nuestra presencia pública y la posible explicación de lo que hacemos y de lo que esperamos del porvenir.

María Pia López
Directora del Centro Cultural